lunes, 27 de julio de 2026

Tao

Hace mucho que no escribo, llevo varios meses intentando escribir algo que cambie el mundo o al menos me cambie a mí, pero termino borrándolo todo porque no ha cambiado nada. Hoy estuve leyendo y viendo algunas cosas sobre taoísmo (sigo sin entender qué es) e hinduísmo y me he querido volver una mejor persona, pero no dejo de pensar en mis dientes, en morder y arrancar carne, en volverme animal hambriento y morder el cuello de un hombre, que es donde un animal mejor sabe morder. No es un acto sexual, todo lo contrario, es un hambre de verdad, me ruge el estómago, tengo rabia, siempre he pensado que los animales carnívoros tienen rabia, como yo en este momento, tengo mucha rabia, por lo que no puedo aplicar lo que he aprendido hoy, no me siento amable con el prójimo ni cercana a ningún Dios, y bien que lo he buscado en muchas partes, lo siento escucharme, no le tengo rabia a Eso, le tengo rabia a no sé, un hombre, yo creo. 

 

También me siento un poco triste, como una pelusa o como la noche, como cuando uno trata de que alguien lo quiera, yo creo que es eso. Quisiera poder tener la fuerza de voluntad de volverme mejor persona, mejor mujer, hacerme una luchadora completa de derechos humanos y defensora total de la naturaleza, no sentirme así tan carnívora, tan deseosa de despedazar y hacer daño, quisiera poder ser paz y no tener necesidades tan absurdas como las que causan el amor y el hambre. También quisiera aceptar mejor las cosas, no morirme cada vez que me siento amenazada ni enroscarme en mi dolor hasta hacerme peor persona, quisiera abrirme por completo a cualquier posibilidad de la vida y aceptar que no todo termina como yo quisiera, hace parte de vivir. Quisiera ser taoísta, al menos no ser tan inmadura como lo soy ahora y apaciguar mi hambre con otra cosa, con amor a la vida, amor al Todo, amor en su estado más puro. Quisiera arrancarme el odio y el hambre, volverme cordero, vivir pensando en amor al Brahman, Cristo, no sé, comprender el Tao.




jueves, 23 de julio de 2026

Diez de enero, 2026

 Hoy fuiste a visitarme al local, haciéndome estremecer los recuerdos. Hoy me besaste, hoy te besé, hoy nos besamos, hoy hicimos el amor. Hoy fui al mar y te pensé, y pensé en que te extraño, en que hace mucho no sé de ti, en que quisiera yo que fuera diferente y que nos tuviésemos aquí. 

Yo creo que en el amor se olvida el tiempo y las personas, porque uno puede amar de distinta forma a varias personas a la vez y pueden ser una misma cosa. 

El amor de amantes, el de nosotros los escondidos, el que solo funciona cuando no hay luz y cuando el ruido son los susurros, me provoca una sensación de ebriedad en las manos. Yo recuerdo la primera vez, recuerdo un temblor intenso y lo frío de las puntas de los dedos, ese hormigueo que se extendía desde la yema hasta el resto de cuerpo no lo entendí hasta que le encontré el nombre en un libro de mi cuarto. El temblor del amor, ese cosquilleo. 

Me limpio los dientes muy seguido, me convenzo a mí misma de que una nunca sabe cuándo llegue el momento en el que vaya a unirse a alguien más, como muchas veces nos hemos unido, como muchas veces nos hemos amado sin decirnos nada, como tantas veces hemos hecho el amor y como tantas veces que lo recuerdo siento como las hormigas suben entre mis piernas. 

Yo no sé si te fijas en la forma en la que el viento sopla cuando algo nos une, porque incluso si no estamos en el pueblo, ese mismo viento nos persigue hasta golpearnos a ambos y darnos cuenta de que sin querer mostrar nada, lo mostramos todo. Tú has llegado a mí hasta en el mar, incluso antes de conocerte se me anticipó la tristeza en una playa cartagenera. Lo recuerdo bien, es como si desde antes de conocerte, hubiera estado predestinada a mi tristeza. 

También me limpio el cuerpo, me lavo totalmente, me perfumo, limpio mi rostro y me organizo cada día como si fuese un rito. Pero nada pasa en muchos días, sino hasta que yo me desorganizo y terminamos revolcándonos en un charco de lo que sentimos y no decimos a nadie, ni siquiera a nosotros. 

Hoy el viento que mencioné hace un momento pasó mientras te daba besos desesperados en la cara. Ese mismo viento que me golpeó una vez con sal, esta vez llegó con frío y tú te quedaste quieto. Cuando te abracé me sentí como cuando era niña, siento yo que te expreso lo que no pude expresar porque dejé de ser niña más rápido que el resto, y ahora es como que voy pagando la deuda contigo. Tú, en cambio, no dices ni haces nada, sino que te quedas inmóvil, como aceptando la realidad del momento, como sabiendo que va a acabar y que llegarás a tu casa y que ese momento quedará en un recuerdo cada segundo más lejano y, por ende, mucho más fácil de olvidar. Tú no te aferras a mí, amas no con libertad sino con libertinaje, no me quieres para ti y me quieres para cualquiera. Pero ambos metemos la mano en la garganta del otro cuando estamos solos —y aunque a uno de nosotros le queda más fácil hacerlo— nos sacamos las palabras para poder verlas y cuando nos vamos, nuevamente las metemos a esa parte de la garganta donde estaban estancadas, para que se queden allí añejándose hasta que nos veamos y nuevamente sintamos el deseo de sacarlas. 

 

Yo no sé, amor mío, no sé por qué sigo escribiendo con la misma voracidad con la que te beso, yo escribo como si me estuvieras amando, no sé por qué lo hago si no lo verás, si no me amarás y si no vamos a ser en algún momento. ¿Tú recuerdas los momentos en los que nos hemos visto a los ojos? Creo que la primera vez que te vi con esa sonrisa que llega cuando llega el viento, fue en una de esas clases de Daniela en las que tocaba exponer mientras ella se quedaba viendo como si fuese un examen, y en la socialización hiciste el primer chiste. Oh amor. Ese chiste fue como romper algo muy grande y que hace mucho ruido y todo el mundo se queda pasmado observando lo que se ha roto pero nadie dice nada, nadie comenta porque todo fue tan rápido que no tienes tiempo siquiera de decir una mala palabra por cometer el error de dejar que eso se rompiera. Yo me reí de ese primer chiste y tú te reíste de vuelta, y nos vimos desde lejos a los ojos, y entonces todo ya estaba roto, el viento lo rompió, tu viento el chiste y la risa lo rompieron.

Así son las cosas desde ese día, escribo cartas muy largas y muy aburridas de leer para ti porque no te gusta leer. Y entonces me acuerdo cuando nos vimos en el cineforo la tercera película de “before sunrise” que no te gustó porque era aburrida, porque así eres, porque no te gustan las cosas aburridas como las clases de Mauro o los libros, porque eres muy libre de decir que no te gustan y porque la única vez que leíste uno con muchas ganas fue cuando te enamoraste de alguna de tus amantes escondidas. Sin embargo, tú has aprendido a leerme y a leerte en mis poemas, has aprendido cosas de las que ni siquiera soy muy consciente de mí y luego yo me sonrojo a oscuras y tú lo sabes completamente. Tú sabes qué tan enamorada me terminé volviendo, debes saber ya que te veo en cosas sencillas del día a día como ver a alguien tropezándose por donde todo el mundo se tropieza o los señores que llegan al local pidiendo cosas que no existen y se van decepcionados como si fuesen a llegar a encontrar algo así en este pueblo tan pequeño. 

El viento mencionado también hace presencia cuando estoy aquí, escribiendo en el local, hace presencia cuando estoy sola en mi cuarto y pienso que en realidad estoy en el tuyo. El viento hizo presencia cuando me enamoré por primera vez, porque me maldijo desde que era una niña y seguirá así por mucho tiempo después. Es como un cáncer que vuelve a brotar cuando uno ya se cree libre de la enfermedad, y también es como cuando estoy llorando sin saber exactamente por qué, pero a la vez sabiendo que las lágrimas son el resultado de estancamientos emocionales que fueron sucediendo desde que entré en la adolescencia y que seguirá estancada hasta que un día estalle en un baño de algún restaurante o alguna tienda y ya no haya quien pueda detener la grieta, la gran grieta que acabará con lo que yo pensaba que era mi vida y que en realidad no era tanto así y entonces al siguiente día me tendré que levantar fingiendo que no pasó nada, cuando un poco ya me morí. 

Para Sam

 Siempre he creído en los romances de cuentos donde me salvarían de cualquier dolor que sintiese y que me haría vivir en medio de las nubes. Así me sentí cuando tenía trece y te conocí. Ahora que tengo dieciocho y te conozco cada vez menos, me detengo a ratos a leer las cartas que te hice y nunca te entregué cuando tenía 13, 14, 15 y 16 y me doy cuenta de que en todos estos años lo que he escrito ha sido lo mismo, siempre termina tratándose de ti. Fuiste mis cimientos por mucho tiempo, a pesar de los  pocos recuerdos que tengo sé que te quise y te sigo queriendo, sé que el tiempo, la distancia y la poca comunicación no van a ser un impedimento en mi sentir; sé que es absurdo, que hace mucho dejé de ser lo que conociste a tus quince y que ya no hay nada que nos aferre más allá del recuerdo y el cariño, pero me gusta pensarte, me gusta pensar en el mar y, por ende, pensarte. 

La primera vez que vi el mar fue en una pequeña parte de la costa de Cartagena, yo tenía el cabello recogido y el atardecer intentaba ser rosado, a lo lejos había un muelle con barcos inmensos que jamás pensé que vería, las olas golpeaban la orilla en la que yo estaba y el viento me traía olor a sal. Mientras veía por primera vez lo más hermoso que había presenciado en mis dieciséis años, pensé en ti, en que ese era tu día a día y que finalmente te tenía más cerca, a pesar del cuerpo de agua gigantesco que nos separa, te tenía más cerca. Desde niña siempre quería conocer el mar, y después de verlo entendí todo lo que me contaste sobre el lugar en el que creciste y la orilla que rodeaba tu hogar. Hoy sigo pensando en el mar, sigo queriendo ir y habitar cerca de allí, y siempre te estaré agradecida por encender aún más mi amor por la arena, el calor y el agua salada (aunque donde tú vives en realidad haga frío). 

Los días que transcurrieron a ese, me sentí aún más allegada a ti. Tan enamorada como cuando recién te conocí, caminaba por la ciudad observando un mundo totalmente diferente al que había habitado toda mi vida: los pelícanos, las gaviotas, en la orilla del mar las pulgas, las algas incómodas que me asustaban cuando ya estaba sumergida en el agua, las caracolas... Estuviste en todas partes esos días, habitar la costa era habitarte a ti.

Mi segunda vez en el mar fue aún más especial, todo el tiempo que pude, escuché las canciones que en las noches colocábamos mientras charlábamos, mientras nos imaginábamos cerca. Estando allí observé muchas más cosas que para ti seguramente serían familiares, exceptuando por los manglares, que están en mi país y no en el tuyo. La brisa en la noche me hacía pensar en aquella canción que me mostraste, que sigo escuchando de vez en cuando, pensando en esos años, pensando en ti. 

Sigo queriendo ver el mar, verte algún día, hablar contigo, conocerte y cumplir pequeñas cosas que en el pasado nos dijimos, ver las estrellas recostados en el pasto, sentarnos juntos en la orilla del mar en cualquier país, caminar tomados de la mano y charlar sobre nuestras vidas. Actualmente no podría siquiera intentarlo de la misma forma que antes, lo más bello del amor es que nunca se va, sino que cambia la forma en la que se siente, y por más que pase el tiempo, nunca dejaré de amarte. Aunque tal vez nunca leas esto, hoy quería decirle a todo el que pueda leerme que eres mi primer amor, y de lo más puro y sincero que he tenido, que te querré siempre, aunque no volviese a saber de ti, te querré hoy y siempre. 

En alguna playa chilena nos veremos en algún año, o en alguna vida. 

Con cariño,

S.




Tao

Hace mucho que no escribo, llevo varios meses intentando escribir algo que cambie el mundo o al menos me cambie a mí, pero termino borrándol...