jueves, 23 de julio de 2026

Para Sam

 Siempre he creído en los romances de cuentos donde me salvarían de cualquier dolor que sintiese y que me haría vivir en medio de las nubes. Así me sentí cuando tenía trece y te conocí. Ahora que tengo dieciocho y te conozco cada vez menos, me detengo a ratos a leer las cartas que te hice y nunca te entregué cuando tenía 13, 14, 15 y 16 y me doy cuenta de que en todos estos años lo que he escrito ha sido lo mismo, siempre termina tratándose de ti. Fuiste mis cimientos por mucho tiempo, a pesar de los  pocos recuerdos que tengo sé que te quise y te sigo queriendo, sé que el tiempo, la distancia y la poca comunicación no van a ser un impedimento en mi sentir; sé que es absurdo, que hace mucho dejé de ser lo que conociste a tus quince y que ya no hay nada que nos aferre más allá del recuerdo y el cariño, pero me gusta pensarte, me gusta pensar en el mar y, por ende, pensarte. 

La primera vez que vi el mar fue en una pequeña parte de la costa de Cartagena, yo tenía el cabello recogido y el atardecer intentaba ser rosado, a lo lejos había un muelle con barcos inmensos que jamás pensé que vería, las olas golpeaban la orilla en la que yo estaba y el viento me traía olor a sal. Mientras veía por primera vez lo más hermoso que había presenciado en mis dieciséis años, pensé en ti, en que ese era tu día a día y que finalmente te tenía más cerca, a pesar del cuerpo de agua gigantesco que nos separa, te tenía más cerca. Desde niña siempre quería conocer el mar, y después de verlo entendí todo lo que me contaste sobre el lugar en el que creciste y la orilla que rodeaba tu hogar. Hoy sigo pensando en el mar, sigo queriendo ir y habitar cerca de allí, y siempre te estaré agradecida por encender aún más mi amor por la arena, el calor y el agua salada (aunque donde tú vives en realidad haga frío). 

Los días que transcurrieron a ese, me sentí aún más allegada a ti. Tan enamorada como cuando recién te conocí, caminaba por la ciudad observando un mundo totalmente diferente al que había habitado toda mi vida: los pelícanos, las gaviotas, en la orilla del mar las pulgas, las algas incómodas que me asustaban cuando ya estaba sumergida en el agua, las caracolas... Estuviste en todas partes esos días, habitar la costa era habitarte a ti.

Mi segunda vez en el mar fue aún más especial, todo el tiempo que pude, escuché las canciones que en las noches colocábamos mientras charlábamos, mientras nos imaginábamos cerca. Estando allí observé muchas más cosas que para ti seguramente serían familiares, exceptuando por los manglares, que están en mi país y no en el tuyo. La brisa en la noche me hacía pensar en aquella canción que me mostraste, que sigo escuchando de vez en cuando, pensando en esos años, pensando en ti. 

Sigo queriendo ver el mar, verte algún día, hablar contigo, conocerte y cumplir pequeñas cosas que en el pasado nos dijimos, ver las estrellas recostados en el pasto, sentarnos juntos en la orilla del mar en cualquier país, caminar tomados de la mano y charlar sobre nuestras vidas. Actualmente no podría siquiera intentarlo de la misma forma que antes, lo más bello del amor es que nunca se va, sino que cambia la forma en la que se siente, y por más que pase el tiempo, nunca dejaré de amarte. Aunque tal vez nunca leas esto, hoy quería decirle a todo el que pueda leerme que eres mi primer amor, y de lo más puro y sincero que he tenido, que te querré siempre, aunque no volviese a saber de ti, te querré hoy y siempre. 

En alguna playa chilena nos veremos en algún año, o en alguna vida. 

Con cariño,

S.




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